Estiu 2026
Érase una vez una ciudad llamada El Prat de Llobregat que tenía un gran tesoro: la playa. Un lugar donde familias, jóvenes y mayores podían disfrutar del mar sin grandes complicaciones. Pero un día, los gobernantes decidie-ron que aquello debía cambiar. Los Comunes, que llevan décadas gober-nando la ciudad bajo distintas siglas, apostaron por más regulaciones, restricciones y parquímetros. Y no lo hicieron solos. A su lado estaba su in-separable socio, Juan Pedro (PSC), cuyo apoyo ha sido imprescindible para hacer posibles estas políticas. Lo que se presentó como una mejora acabó convirtiéndose, para muchos vecinos, en una sucesión de dificultades. Más vueltas para aparcar, más tiempo perdido y más obstáculos para acce-der a una playa que siempre habían sentido como propia. Con los años llegaron las explicaciones: que si las normativas, que si las sentencias, que si las circunstancias. Sin embargo, muchos pratenses recuerdan cuándo empezó esta historia y quién tomó aquellas decisiones. Y como ocurre en los cuentos que se repiten una y otra vez, cada verano trae el mismo capítulo. Vuelven las quejas, vuelven los problemas de acceso y vuelven las preguntas de los vecinos. Pero el final nunca cambia. Los Comunes y el PSC parecen resignados a que la situación continúe exactamente igual año tras año. Y así llegamos al final del cuento. La playa sigue siendo uno de los mayores tesoros de nuestra ciudad. El mar continúa allí. Lo que ha cambiado es la facilidad para disfrutarla. La moraleja es sencilla: cuando un gobierno se acostumbra a los problemas y deja de buscar soluciones, los vecinos acaban pagando las consecuencias. La pregunta sigue siendo la misma: ¿de qué sirve tener la playa del Prat si cada vez es más difícil para los pratenses disfrutar de ella?
Rafael Millán Carracedo