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El auténtico "No a la guerra"

Abril 2026

El “No a la guerra” no puede quedarse en una consigna cómoda ni en un recurso fácil para discursos bienintencionados. Convertirlo en eslogan mientras se ignoran sus efectos reales es, sencillamente, una forma de impostura política. Porque cada conflicto internacional acaba golpeando el día a día de los ciudadanos: sube el combustible, se encarece la cesta de la compra, aumenta el coste de la energía y, para rematar, se utiliza como coartada para justificar una mayor presión fiscal.

Decir “No a la guerra” desde una perspectiva nacional exige algo más que declaraciones solemnes y gestos simbólicos: obliga a proteger de verdad a familias, trabajadores y autónomos. Lo contrario no es solo incoherente, es profundamente injusto. No se puede rechazar la guerra mientras se permite que sus consecuencias recaigan, una vez más, sobre los mismos de siempre. La paz también se defiende en el bolsillo, en la estabilidad económica y en la capacidad real de llegar a fin de mes.

Sin embargo, lo aprobado por el Gobierno apenas pasa de ser un gesto: medidas tímidas, claramente insuficientes y más pensadas para salvar la imagen que para afrontar el problema de raíz. Parchear no es gobernar, y mucho menos en un contexto de crisis.

El auténtico “No a la guerra” se demuestra con hechos: bajando impues-tos, reduciendo el coste del combustible, abaratando la energía y frenan-do el precio de los alimentos. Todo lo demás es propaganda disfrazada de buenas intenciones.


Miguel Ángel Ochoa Oliva

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